viernes, 13 de noviembre de 2009

Dynamo: Marx se hubiera hecho cruces

Nunn
Era la Europa pre Muro, con su Guerra Fría y su canesú. Los equipos de la Oberliga de la RDA tenían cierta aceptación entre su gente, aunque casi todos eran vistos, y con razón, como brazos armados de cuero y tacos de los jerifaltes del Politburo. Y más que ninguno, el Dynamo de Berlín, el equipo de Erich Mielke, señor supremo de la Stasi y, con ella, de los derechos más básicos de los habitantes de la Alemania comunista.

Mielke era, porque le iba en el cargo, el presidente de los Dynamos, los clubes deportivos ligados a las Fuerzas Armadas y al Ministerio del Interior (terminología occidental), y tenía un miedo: el descontrol de Berlín. Por aquello de estar separados por 20 centímetros de ancho de ladrillo y un descampado de la Alemania Occidental, cualquier descontrol era objeto de su ira. Así que tiró de 'chequera', versión comunista: mandó a toda la plantilla del Dynamo de Dresden a Berlín, los separó de sus familias y los puso a vivir en hostales de mala muerte. Y así apareció el Dynamo de Berlín, rival en la zona oriental de la ciudad del Union de Berlín.

El Dynamo de Dresden tuvo que jugar con su segundo equipo, y anduvo más de una década en las divisiones inferiores de la Oberliga, mientras que el Dynamo se convertía en uno de los mariscales de la primera. El objetivo era ganar y combatir al Union. No deportiva, sino ideológicamente. Los aficionados del Union y los del Hertha, que quedó en el lado cool del Muro, mantenían una estrecha relación. Los occidentales cruzaban la pared pintarrajeada hacia el lado oriental y organizaban reuniones clandestinas con sus amigos del Union. Incluso en las gradas, tradicionalmente lugares donde gritar contra cualquier régimen autoritario (pasaba con Les Corts en Barcelona), surgía un grito: "Hertha y Union, una nación". Y eso dolía a Mielke como si le clavaran una hoz en el ojo.

El vestuario del Dresden

Eran los 70, primeras grietas del Muro. Así que Mielke, cada vez más futbolero, sentenció la Oberliga. En el 78, entró en el vestuario del Dynamo de Dresden, que celebraba su título una vez había logrado reconstruirse tras el expolio, y le dijo a los jugadores que ya era hora de que ganara el Dynamo de Berlín. Lo haría ininterrumpidamente desde 1979 a 1988. El cómo ya se lo imaginan.

Las reacciones contra el régimen eran cada vez menos convencionales. El movimiento punk se convirtió en un grano en el culo de la Stasi, y fue duramente perseguido y reprimido. Pero otro fenómeno se adueñó del fútbol para hacerse notar: el hooliganismo nazi. El fondo Union de Berlín se convirtió en el caldo de cultivo de los skinheads nazis de la Alemania del Este. Su comportamiento violento era como el de sus adláteres de ahora. Si son tradicionalistas lo son para todo, ¿no?

Y de repente, la catarsis: el fondo del Dynamo también se llenaba de nazis. 'El club más odiado del mundo', como se le ha definido por representar lo peor del régimen más duro de la Europa setentera y ochentera, empezaba a ver con estupor la influencia de los nietos ágrafos de Hitler. En la grada se escuchaban con la misma frecuencia el '¡Hail Hitler!' y el '¡Hail Mielke!'. Visto con perspectiva, no había demasiada diferencia entre ellos, pero Marx se hubiera hecho cruces (u hoces) si lo hubiera escuchado.

¿La trendy RDA?

Los hinchas del Dynamo eran unos privilegiados. Tanto, que por sus contactos viajaban con el equipo incluso a los países occidentales (los ciudadanos de la RDA sólo tenían permitido moverse por los países del Pacto de Varsovia; de hecho, las primeras huidas masivas al Oeste se hicieron a través de Checoslovaquia o Hungría), como esa ocasión en la que mil hinchas fueron a Mónaco. Fuera se comportaban, pero en la RDA ya no se escondían. Y los pájaros tirándose a las escopetas: policías de la RDA cargando contra hijos del Partido.

Cayó el Muro y dos años después, la Oberliga. Los equipos del Este se integraron como pudieron en las diferentes divisiones de la Bundesliga. Al Dynamo le quitaron lo de Dynamo y lo dejaron en FC Berlín, y lo metieron en la quinta división, en la Liga regional. En 1999 el Dynamo recuperó su nombre. En plena Ostalgie (un curioso fenómeno alemán en el que lo de la RDA es trendy), ese logo valía una pasta. Su escudo estaba adornado por tres estrellas (que equivalen a 10 títulos, según la norma de la Bundesliga), pero la propia Liga les negó ese adorno, pues no reconocen los títulos de la Liga de la República Democrática. Así que se pusieron una estrella con un 10 dentro. El logo era propiedad de dos avispados, miembros de los Ángeles del Infierno, que lo registraron cuando el equipo era FC Berlín, y tras múltiples pleitos, el club desistió y su escudo actual es un a cosa cutre con un oso berlinés. Los 'angelitos', entre tanto, se forran vendiendo merchandising a los fans de la Ostalgie.

Hoy en día el Dynamo es el club más nazi de Alemania, algo así como el más ladrón de Marbella. El pasado verano propuso hacer pases VIP a los miembros del Partido Nacionalsocialista Alemán. Luego, cuando estalló, dijo que la carta enviada había sido un error. Ya.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Lo que somos... o lo que quisimos ser

¿Qué famoso portero metrosexual posa con la camiseta del Puerto?

Por John Wyatt

Desde niño he escuchado los mismos mitos. Que si el Puerto no subió a Primera fue por la falta de dinero, que se dejaron perder contra la Real Sociedad, que hay un tipo que ha visto más de «8.000» partidos (de ahí su apodo) y que Di Stefano, tocado por una lesión, acudió a Puertollano en una eliminatoria de la Copa del Generalísimo en la que no pensaba jugar contra el Calvo Sotelo, entonces en Segunda, y en cuanto vió la alfombra de césped del viejo Cerrú, se calzó las botas y se chupó el partido enterito.

La leyenda dice que aquel choque lo dominó el Calvo de cabo a rabo, que le dió un baile al Madrid de las Cinco orejonas seguidas, y que los blancos sólo pudieron ganar gracias a un golazo desde el centro del campo de Gento.

Durante años he intentado saber qué parte de estos mitos son ciertos y qué parte son invenciones. El partido del Real Madrid existió, jugó Di Stéfano y ganó 0-1. He preguntado durante años por aquel encuentro, he mirado en internet y apenas he encontrado información.

La sorpresa fue que, hace poco, me enteré de que mi padre, un adolescente entonces, estuvo en la grada, así que la fuente no puede ser más directa. Y confirma. El mito puede estar inflado, pero es verdadero.

Otro mito asegura que el Calvo Sotelo (o el Puerto, como se le llama desde hace unos años) en la temporada 1966-67, estuvo a punto de jugar en Primera. Y que se vendió en el descanso a la Real Sociedad de Andoni Elizondo, con quien peleaba por un hueco en la promoción de ascenso.

La leyenda dice que, después de ir ganando 2-0 al descanso, los jugadores del Calvo recibieron un maletín (estoy viendo el maletín durado de Pulp Fiction) con dos millones de pesetas de la época.

La realidad es que el 23 de abril de 1967 el empate le era suficiente a la Real pero las cosas no comenzaron bien para ellos. Un gol de Argacha en el minuto 40. Es decir, no se fueron al descanso ganando 2-0 sino 1-0. Lo del maletín ya huele a bulo. El 2-0 llegó en el minuto 50.

Los realistas no se desmoronaron y dos goles, el primero de Boronat en el minuto 58 y el segundo del debutante Arambarri en el minuto 81, dejaron el marcador en tablas y a la Real en Primera (La foto en blanco y negro muestra a sus aficionados en el campo del Calvo celebrando la victoria). Es decir, que el mito es más falso que Judas.

Las leyendas no sólo se refieren a fechas, sino a personajes. Hay un tipo en Puertollano que, ya en los 80, aseguraba hacer visto 8.000 partidos del Calvo, en casa y fuera. Desde la fundación del Club en 1946 no se si habrá llegado a jugar tantos, pero si los ha jugado, el tipo, un anciano, asegura que estuvo allí, que lo vió todo. Hoy, décadas después de haber oído hablar del 8.000 (así se le conoce) sigo sin hacerle visto nunca y más me parece un holograma que una persona real.

Pero mi leyenda favorita, aquella que me llevaría a una isla desierta, es la de Zúñiga, uno de los grandes peloteros salidos del Calvo junto a Cañizares, Ribera y Biosca. Manuel Zúñiga salió de Puertollano a los 19 años camino del Español de Barcelona (cuando aún se escribía con Ñ).

Interior derecho de mucha potencia, llegó a jugar en la selección española y, con los años, se convirtió en capitán de los periquitos. Suyo es el último fallo en la fatídica tanda de penaltis contra el Leverkusen en la que acaban perdiendo una UEFA que ya tenían en el bolsillo. Pues bien, hay un fulano en mi pueblo que, desde que era un niño, coleccionó todo lo relacionado con Zúñiga: reportajes, fotos, objetos, camisetas, chascarrillos...

No sólo de su vida como jugador, sino que siguió sus pasos más allá. Me cuentan que está desolado porque hace seis años que no sabe nada de su ídolo. Ha contactado con el club, con sus familiares en Ciudad Real, pero parece habérselo tragado la tierra.

Si alguien sabe algo de Zúñiga, que mande un comentario a este blog y yo se la haré llegar a su fetichista seguidor.

Lo que más me gusta de los mitos futbolísticos es que en tardes como hoy, camino del estadio, vuelven a enunciarse uno por uno para crear ambiente, para refugiarse en la historia, para agarrarse a algo que una vez fuimos... o quisimos ser. Esta noche juega el Puerto contra el Villarreal, por fin un Primera.

Por cierto, el de la foto de arriba es Santiago Cañizares.

viernes, 9 de octubre de 2009

El fin de los Fergie Boys y los Fab Four (de Yoko a Vicky)

Por John Wyatt
Por una mujer se han iniciado guerras, se han perdido imperios, se han despreciado herencias, se dividió el mejor grupo de la historia de la música y puede que también uno de los equipos de fútbol más representativos de la las últimas décadas.
Todo el mundo odia a Yoko Ono.


No existen en el mundo de la música –y en el resto– unanimidades tan unánimes. La certeza de que fue ella y sólo ella la que desafinó en la perfecta armonía de los Beatles le ha costado el desprecio de los fans, que ni perdonan ni olvidan. Sus diferencias con Paul McCartney y sus maneras dictatoriales, casi como si fuera una componente más del grupo, aislaron a Lennon, ensimismado con la japonesa, mientras que Harrison se perdía en La India de la mano de su gurú budista y Ringo le daba duro a la bebida.


Después de su última actuación en vivo en la azotea del edificio de Apple en el 3 de Savile Row, Londres, el 30 de enero de 1969, se separaron.


Algo parecido sucedió en el mundo del fútbol allá por el año 2003. David Beckham, hijo de un operario de una fábrica y de una peluquera, formaba parte de los Fergie Boys –como homenaje a su muñidor, el eterno Sir Alex Ferguson–, la generación de futbolistas más prometedora de la segunda mitad del siglo XX en las islas británicas.


Junto a Phil y Gary Neville, Nicky Butt, Paul Scholes y Ryan Giggs, Beckham fue la guinda de una escuadra –bautizada también como Gold Trafford– en la que los jóvenes ponían el atrevimiento y la velocidad en el juego, mientras que los veteranos Peter Schmeichel, Stam, Keane y, sobre todo, Cantona, ponían los poderosos cimientos del edificio a base de trabajo y compromiso. ¿Resultado? El dominio en Inglaterra de finales de los 90 y principios del siglo XXI y una Champions –la del migragro barcelonés frente al Bayern–.


Los Fergie Boys (en comparación con los célebres Busby Boys de los años 60) comenzaron a separarse el 25 de enero de 1998, en una fiesta nocturna en la que se conocieron David y Victoria Adams, la pija Spice que lo convirtió en fashion victim y que, a partir de su matrimonio, dirigió sus pasos profesionales.


Real Madrid, Los Ángeles, Milán... Siempre buscando abrir tiendas o irse de tiendas, o protagonizar realities, o posar para revistas de moda, o diseñar para la pasarela. El fútbol pasó a ser algo secundario. Como Yoko y los Beatles, ninguno de los amigos de David tragó nunca a Vicky. Algunos, como Scholes, le retiraron el saludo. Giggs puso su boda como ejemplo de lo que no debía ser su propia boda y no dejó entrar a un sólo periodista.


Y esto... ¿A qué viene? Viene a que el otro día me encontré con esta foto de los Fergie Boys jovencitos, enchidos de sueños, y me recordó a la instantánea de Don McCullin en la orilla del Támesis a los Fab Four con la misma pose y actitud. Ambos grupos preparados para comerse el mundo mientras que en el interior ya crece el vírus de la división en forma de mujer.

martes, 6 de octubre de 2009

'Ahora sólo aguanto diez minutos jugando'


Por Sole Leyva (texto y fotos)
Su presencia la semana pasada en Copenhague no sirvió de nada. Ni la del ex baloncestista Dickembe Mutombo, el benefactor de África. Ni la de Nadia Comaneci, cinco oros olímpicos, el primer diez conseguido por un(a) deportista en unos Juegos. Ni la de Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo. El CIO hizo justicia social y la pelota cayó en el tejado de Río de Janeiro, la cenicienta de la 'competición', la capital de la favelas. Madrid, 'knock out' en el último 'round'.

David Robinson, el 'Almirante' (1965, Florida), ganador de dos anillos de la NBA (1999 y 2003) con los San Antonio Spurs atendió a FNF en un descanso de su labor de lobby con los comisionados CIO, en la que coincidió con Michelle Obama, la primera dama estadounidense, que bromeó con el jugador sobre su imponente altura (2,16). Vaya tópico. A dos días de la decisión de los 106 capos olímpicos, Robinson ya advertía: "Puede ganar cualquiera. Felicitaremos a la ciudad que sea elegida con talante olímpico".
A uno de los únicos de Chicago'16 a los que Michelle Obama se dirigió fue a tí...
Si (sonríe orgulloso). Fue impresionante verla. Tiene un gran porte. Es una mujer con mucha presencia. Me sentí un poco paralizado cuando me habló. Todo el lobby estaba como embrujado por ella.

¿Qué tal la labor de 'lobbysta'?
Si te digo la verdad, no conozco a ninguno de los 106 miembros CIO. No tienes tiempo de estar con ellos y hay mucha gente. Tienes cinco segundos o diez. Les ves, les dices hola y estás ahí para que se acerquen a ti si quieren. Es algo presencial. Algunos se acercan y te piden fotos. Es normal no poder estar mucho con ellos. Tienen que hablar con mucha gente.

¿Cómo viste a Gasol la pasada campaña?
Hizo una muy buena temporada con los Lakers y fue increíble su actuación en la final. Es un grandísimo jugador. Me contaron que iba a venir aquí a Copenhague y al final no pudo hacerlo. Es una pena.

¿Pudiste ver el pasado Europeo que ganó España?
No, pero seguí los resultados y las estadísiticas por Internet. Juegan de forma brillante. Fue una victoria fantástica.

¿Cuál es tu mejor recuerdo de tu época de la NBA?
Yo creo que cuando gané el segundo anillo. Era mi último partido. Cuando lo estábamos celebrando con mis hijos y mi mujer, tenía a uno de mis hijos en brazos y pensé 'No puedo pedir más'. También fue maravilloso jugar en el Dream Team. Jugar con Magic, Jordan, Bird... Fue una experiencia enorme. Aprendí muchísimo sobre mi mismo, sobre ellos, y lo que cuesta ser un grande. Eran los mejores jugadores de la historia.

¿Sigues jugando al basket?
Sí, con mis hijos, pero cada vez me cuesta más. Sólo juego un partido de padres en el colegio de vez en cuando, pero ahora sólo suelo aguantar diez minutos. Me duele todo el cuerpo, aunque trato de estar en forma. Hago natación, pero sólo jeugo al basket cuando mis hijos me lo piden.

¿Y a qué te dedicas últimamente?
Trato de ser un buen padre (tiene tres hijos de 12, 14 y 16 años). Ese es mi objetivo ahora mismo. Además, trato de ayudar en un colegio para gente sin recursos.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Un "briatore" en el Mundial del 62

Por Miguel Bujalance
En un momento de luto para los defensores de los ritos playboyescos del italiano (me incluyo sin rubor), es justo recordar a otro Briatore de la competición futbolística. Con menos glamour, el arbitro brasileño Joao Etzel Filho manipuló un partido del mundial de 1962 a su antojo. Eso sí, no fue por dinero, ni para ayudar a los colombianos, sino por venganza. Mismo pecador para diferente pecado. Al menos no permitió que nadie se estrellara contra el larguero. Simplemente ayudó a Colombia a empatar a cuatro con la Unión Soviética impulsado por su odio atávico a la superpotencia comunista.

Colombia había comenzado el torneo perdiendo con Uruguay y necesitaba puntuar ante los rusos si quería pasar a la siguiente fase. La selección cafetera contaba con un equipo aseado, liderado por jugadores con apodos que parecen salidos del boxeo como Efraín El Caiman, Charol González, Cuca Aceras o Canocho Echevarry. Enfrente, la vigente campeona de Europa, con Yashin en la retaguardia. La primera parte del partido fue un paseo para el equipo rojo. El tres a cero parecía una losa demasiado pesada para los colombianos, cuando Coll todavía en el primer tiempo batió de vaselina a la Araña Negra.

El segundo tiempo recordó a los soviéticos la ira adormecida de Etzel Filho, que años más tarde reconoció que sus orígenes húngaros no perdonaban la dura represión que sufrió la nación de Puskas tras la invasión de 1956. La ayuda arbitral animó a los colombianos, que incluso marcaron un gol olímpico. Este juez paulista gozaba de un reconocido prestigio internacional, pero su sangre fue más espesa que su profesionalidad. "Yo empaté aquel partido. Soy descendiente de húngaros y odio a los rusos", llegó a declarar. Unos días antes había arbitrado el Yugoslavia-Uruguay, partido que concluyó con victoria balcánica, después de un festival de patadas de todos los colores.

El empate cafetero forma parte de la mitología de su selección. La trascendencia mediática fue tan grande que el presidente Guillermo León Valencia manifestó en un discurso: "Felicitaciones, compatriotas; fue un triunfo de la democracia sobre el totalitarismo". Desgraciadamente para él, Colombia caería ante los yugoslavos en el último partido del grupo y los enemigos de Etzel Filho seguirían en la competición.

martes, 18 de agosto de 2009

Ratas y vides: un brindis por el Logroñés

Por Lola Dirceu
Cada cierta cuchipanda o aperitivo con balón al fondo del debate, mi papá suele contar esta batallita: en los vestuarios de Las Gaunas vivían ratas como leones (por lo grandes y lo plácidas: ni inmutarse ante la presencia del ser humano). En vertical, de las humedades de las paredes saltaban audaces salmones y las taquillas tenían más mierda que un uñero. Lo cuenta con todo lujo de inmundicias porque de zagal, cosas de la mili años 50, jugó en el Logroñés. Luego, de árbitro, tuvo que guarecerse de una turba que pretendía lincharle tras haber pitado algún penalti dudoso o haber echado algún blanquirrojo por bocazas.

Por todas estas cosas, el Logroñes y su descascarillado estadio creció en mí con la nebulosa de lo mítico. Imaginaba roedores que redactaban el acta y cucarachas que colocaban las tarjetas, roja y amarilla, en el bolsillo correspondiente. Fantaseaba con arañas zancudas que te ponían la camisa en la percha y te dejaban el gel en la jabonera. Pensar en el olor a linimento y el vapor de una ducha que salía más caliente que en un campo de concentración me maravillaba, con jugadores como adanes que se revolcaban en aquella chocolatería. Y todo sucedía en aquellas Gaunas más desconchadas que mi amado campo del Moscardó, que el secarral del Boetticher y Navarro, en Villaverde, que el vivero del Cotorruelo a la sombra de San Viator en la Plaza Elíptica.

Con la rodillas más sucias que el expediente de El Vaquilla, me valía de monedas de cinco duros para hacer el contorno y recortar cromos. Elaboraba jugadores de papel que resucitaban embutidos en chapas, su nueva vida futbolística. Lo malo es que mi hermano mayor se había pillado para jugar a todos los clubes de campanillas, y yo me tenía que conformar con los llamados equipos ascensor: Cádiz, Mallorca, Hércules, Sabadell... Y Logroñés. A veces, le ganaba con los riojanos, a los que, pobrecitos, había metido en chapas que encontraba en la calle y en los bares, casi todas superdobladas por culpa de un nefasto abridor de botellas.

De botellas saben un rato en Logroño. Porque valgan estas líneas como recordatorio del recientemente fallecido Marcos Eguizábal, el bodeguero que situó al Logroñés en el mapa de la Liga. Seguro que tenía dejes de tirano agrícola, de opresor cateto y paternalista en una mezcla entre Gil, Fouto, Bernabéu y J.J. Hidalgo. Pero lo que es seguro es que ilusionó, emborrachó a lo suyos con gente como Lopetegui y Canales (récord de imbatibilidad), el pundoroso Tato Abadía, (el día de su presentación con el Atleti se hizo un lío con el peto que provocó que el Calderón se descojonara), la inmensa visión de Quique Setién, la puntería de Oleg Salenko (cinco goles a Camerún en USA 94), José Ignacio, Romero, Poyatos, Albis, Rubén Sosa, Manu Sarabia, Nayim, ¡¡¡el martillo zurdo Anton Polster!!!!...

También recuerdo las ostias en el pecho de Carlos Aimar, los barrizales, la calva de Lotina, las viejas porterías con las maderas interiores curvadas que sostenían las redes... Creo que el club está ahora en manos de un tal Juan Sánchez. Mucha suerte y que venga a poner, no a llevárselo. De momento, a salir del sótano de la Preferente, que tiene tela (nunca mejor dicho). Debe poner 350.000 pavos para tapar el boquete. Si no, a tomar vientos, desaparición, drama para 2.000 socios y una ciudad entera. Por favor, no más ratas en Las Gaunas, que si no la estrella judía de su escudo se apaga para siempre...

Hace unas temporadas, un colega de la universidad ejerció de jefe de prensa del Logroñés. La lástima es que el equipo no llegó a la liguilla de ascenso, se arruinó del todo y mi amiguete se tuvo que volver a Madrid perdonando dinero. Dice que aún así se lo pasó en grande, recogiendo a jugadores borrachos a las tantas, apagando fuegos con la prensa local y recordando conmigo, cerveza en mano, las paradas del ágil Canales, los goles bolcheviques de Salenko y aquel viejo patrocinio de Paternina por obra y vides de Marcos Eguizábal.

jueves, 23 de julio de 2009

Notts County: el equipo más gafe del mundo

Por Rocheteau
El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino de prozacs y tranxiliums. El arranque de la frase es de Bill Shankly. El final también es made in England. A una casa de apuestas británica se le ocurrió patrocinar un estudio, Football Fever Report, sobre cuáles eran los seguidores más deprimidos de Gran Bretaña. Analizaron 92 clubs y, en lo alto del podio de los desquiciados, quedó un equipo con solera y una horrible camiseta para los partidos fuera de casa jugar fuera (azul y marrón): el Notts County FC.

Jodidos, arruinados, megadescendidos (League Two, equivalente a Cuarta División española), el Notts tiene el egravante de ser el segundo club más antiguo del mundo (1862, ni en eso pudieron ganar), tras el Sheffield FC. Con lo que humilla pasar hambre cuando se ha sido noble...

Los sociólogos se lo tomaron en serio y elaboraron una serie de variables objetivas: descensos, playoffs perdidos, tandas de penaltis cascadas, cambios de propietarios y otras varias. Y no podía ganar otro. El Notts County está en cuarta división, ha tenido 37 entrenadores diferentes desde 1945 y ha cambiado 29 veces de categoría, la última, en 2004, cuando bajaron de nuevo un peldaño. Los chicos terminaron el año pasado en una poco honrosa 19ª posición y rozaron el enésimo descenso.

El Wimbledon FC y el Carlisle United estuvieron a punto de robarle el título de peor club para un aficionado al fútbol. Al final, un criterio se impuso: con un siglo y medio de existencia, el número de depresiones de los tiffosi del Notts ha sido infinitamente superior al del resto.


Bautizó a la Juve

A veces lo intentan. Hace un par de años, arrancaron como un vendaval, ganando sus primeros siete partidos. Ya se hablaba de ascenso. Perdieron los siguientes catorce y se salvaron en el último partido (algunos dirán que por una vez tuvieron suerte). Cosas del Notts.

Por tener, ha tenido hasta su guiño español, con aquel ex entrenador del Ath. Bilbao de infinitos mofletes rojos, Howard Kendall, y un lateral que cubre perfectamente el pasillo... de la enfermería del Espanyol, Steve Finnan.

Los supersticiosos de base creen que es el mal fario del traje de casa (no el feo, el otro), a rayas verticales blancas y negras, exactamente igual que el del otro patito feo de las islas: el Newcastle (con el que aparte de zamarra ha compartido hasta entrenador, Sam Allardyce).

A mí la tesis no me convence. No son las rayas. El Notts es un club maldito. Y punto. Y si teníais dudas, os las quitará esta anécdota: en 1903, un tipo de Notthingham y magpie hasta la médula, hizo llegar a la Juventus un juego de camisetas de su equipo del alma y así decidió sus colores históricos la Vecchia Signora, el club con más potra del mundo.

¿Será el mote?

Los supersticiosos avanzados también le echan la culpa del anatema al Newcastle, por el mote que ambos comparten: magpies (urracas) pájaro de mal agüero donde los haya. No hay variables objetivas sobre la cuestión, pero siglo y medio jodido todos los domingos por la tarde dan para una barbaridad de hipótesis.

Los resignados y deprimidos seguidores del Notts están excitados últimamente. Les ha comprado un consorcio suizo, Munto, financiado a su vez por un grupo de Dubai: el Al Thani Investment Group. Ya, el tema suena fatal.

El caso es que el millonario con chilaba de turno, en este caso Abdulá Bin Saeed Al Thani, ha comprado el Notts y nombrado a Sven Goran Eriksson --ex entrenador al frente de la Lazio, ex monigote público al frente de Inglaterra, y ex pegote desahuciado al frente de México-- como director deportivo.

Eriksson se puso la bufanda y prometió devolver la gloria perdida al equipo, volver a la Premier, romper el complejo de Sísifo... Y no estaba subido a un cajón en el Speaker's corner. Al menos, no todavía.

En las farmacias de Nottingham se va a acabar el Prozac...

jueves, 16 de julio de 2009

La dignidad de El Salvador

Por Miguel Bujalance
Bajo la sombra de la Guerra Fría, los combates desangraban El Salvador desde 1979. La opinión pública sólo conocía este pequeño país centroaméricano por el conflicto entre el Gobierno derechista y la oposición filocomunista, pero los salvadoreños tenían un motivo de orgullo entre tantas muertes -especialmente sentida fue la del arzobispo Óscar Romero, asesinado durante la misa el 24 de marzo de 1980-: su selección de fútbol. Aquel equipo, que entrenaba con el ruido de los morteros como banda sonora, se había clasificado para la Copa del Mundo que se iba a celebrar en España.

El Salvador llegaba al hotel Tiro de Pich (Torrevieja) con un equipo muy joven liderado por Mágico González. El país que sufría los escuadrones de la muerte había quedado encuadrado, precisamente, en el grupo de la muerte, con Hungría, Bélgica (subcampeona de Europa) y Argentina (vigente campeona mundial). Empezaba la epopeya de unos jugadores que querían jugar al fútbol, ayudar a su pueblo y salvar la vida. Ésta es la crónica de su paso por España.

Elche. 15 de junio de 1982. Hungría 10-El Salvador 1

La mayor goleada de la Historia de los mundiales. Ramírez anotó el único gol salvadoreño en el campeonato. Cuenta la leyenda que los centrocampistas preguntaban frecuentemente a su portero "¿Cuántos van?" como si no estuvieran en el campo. Al finalizar el partido, los jugadores no quisieron cambiar las camisetas con sus verdugos magiares, según Joaquín Ventura, "por remordimiento". No obstante, esta dura derrota vislumbró momentos para la esperanza.
Al llegar al hotel de concentración, los camareros retaron a aquella selección desmoralizada a jugar un partido para resarcirse. Los jugadores pidieron permiso al entrenador y saltaron al campo. El resultado no importa. Además, dos días después jugarían un partido contra el equipo de la localidad y vencerían por 4 a 1.
Valga recordar que la historia en contadas ocasiones concede revanchas a los más débiles. Veinticinco años más tarde, Hungría visitó El Salvador y jugó un partido de homenaje a los mundialistas que concluyó con empate a dos. El honor estaba a salvo.

Elche. 18 de junio de 1982. El Salvador 0-Bélgica 1.

Los diablos rojos vivían su época dorada. Tan sólo la Alemania de Schuster les había impedido reinar en Europa. Su entrenador, Guy This, era un cretino y tenía ese humor soso de los belgas. En la rueda de prensa anterior al partido calificó a su rival como "la vergüenza del Mundial". Las crónicas dicen que el encuentro fue muy igualado y que El Salvador mereció mejor suerte. El preparador flamenco reconocería después que el 10 a 1 de la jornada anterior había sido un "accidente del fútbol".

Rico Pérez de Alicante. 23 de junio de 1982. Argentina 2-El Salvador 0

Argentina había empezado el Mundial de forma discreta, aunque nadie esperaba el desenlace posterior. Era la campeona y en sus filas estaba un joven Diego Armando Maradona listo para comerse el mundo. El partido fue muy duro y, según recoge el periódico salvadoreño El Diario de Hoy, el jugador Jaime Chelona Rodríguez recordaba que el argentino Américo Tolo Gallegos le gritaba constantemente: "Guerrilleros muertos de hambre". Los jugadores cuscatlecos no se dejaron amedrentar y tarareaban: "Dos barquitos de Inglaterra llegaron a ganarles a ustedes". Cada país con su guerra.

Al poco tiempo, Mágico González llegaría a España para conquistarla con su arte. Un homenaje a este equipo que demostró al mundo que su coraje desafiaría a las estadísticas del futuro.

P.D.: Durante años, mi hermano y yo guardamos los álbumes de cromos de varios mundiales. Por edad, él hizo los de España 82 y México 86, mientras que yo coleccionaría los dos siguientes. Recuerdo de aquel primer álbum el cromo de un Maradona aniñado, las barbas de Sócrates y del portero húngaro y los rostros de indios guerreros salvadoreños. En una mudanza, mi madre tiró esas joyas a la basura.

A veces se lo recuerdo.

jueves, 9 de julio de 2009

Los peloteros de la Stasi

Por John Wyatt
La frase «lo que sucede en el campo se queda en el campo», sacrosanta declaración que excluye el rectángulo verde de las maledicencias, los golpes bajos y las intrigas, ha sido profanada. Ahora resulta que también se espía a los futbolistas. Lo dicho sobre el césped, o en la sólo aparente intimidad del vestuario, le ha costado a más de uno persecuciones, escuchas, interrogatorios, detenciones y algún que otro suicidio. Gica Popescu acaba de revelar que él fue uno de esos agentes secretos que, aprovechando la camaradería y los lazos invisibles que se forman entre compañeros, violaban la ley no escrita: «Lo que sucede en el campo se queda en el campo».

Cuando El Emperador jugaba en el fútbol rumano espiaba a sus colegas. Y todas sus disidencias iban a parar a los oscuros antros de la Securitate, el servicio secreto de la Rumanía soviética. No era el único. Igual que Elvis se ofreció al FBI de Edgar Hoover para investigar a otras estrellas del rock mucho más a su izquierda, bastantes peloteros de la Alemania del Este vendieron su alma al diablo, o a la Stasi, que es lo mismo.

La Stasi (Ministerio para la Seguridad del Estado) era la principal organización de policía secreta e inteligencia de la RDA. Amamantada con las técnicas de la extinta Gestapo y de la KGB soviética, sus agentes vigilaron durante años la vida de los alemanes más allá del Telón de acero. La Stasi contaba con 91.000 empleados y 300.000 informantes. Esto significa que uno de cada 50 alemanes orientales colaboraba con la Stasi, uno de los niveles de penetración más altos en una sociedad por parte de una organización, un dato que ridiculiza incluso al Gran Hermano de Orwell y a su Policía del pensamiento.

Los campos de fútbol no eran una excepción: «Debemos seguir con mucha atención el comportamiento de nuestros deportistas para saber quién está con nosotros, quién es de los nuestros, quién nos apoya. A tiempo debe producirse la señal correspondiente cuando resulte inminente la indicación de que alguien va a ser enrolado por el enemigo». Estas palabras, pronunciadas el 15 de noviembre de 1979 ante la directiva del SV Dynamo Dresden, eran nada menos que de Erich Mielke, jefe máximo de la Stasi y, por añadidura, presidente de la escuadra berlinesa.

Nadie conoce a nadie
En su investigación, el historiador alemán Hans Leske, recuerda que a Mielke le parecía insuficiente una observación superficial de los equipos: «La Stasi colocó a sus trabajadores informales en el interior de las plantillas. Durante los años 80, por ejemplo, más de la mitad de los jugadores del SG Dynamo eran espías, incluyendo al entrenador, al doctor del equipo y al fisioterapeuta. Todos ellos se observaban entre ellos sin que ninguno supiera que el otro también era un espía que lo observaba a él».

¿Qué buscaban? Evitar que los jugadores, muchos de los cuales gozaban del privilegio de viajar al exterior a disputar encuentros internacionales, se fugaran de las concentraciones y de la RDA.
Hay casos célebres de peloteros encarcelados por una delación de los espías. Matthias Müller, Peter Kotte y Gerd Weber pasaron un tiempo entre rejas por intentar pasarse al Oeste. Los tres fueron detenidos en el aeropuerto de Berlín-Schönefeld el 23 de enero de 1981, antes de viajar a Argentina. Su equipo iba a realizar ahí entrenamientos y a participar en un torneo. Los tres jugadores habían recibido ofertas por parte del Colonia y la Stasi se enteró gracias a sus informadores. Fueron condenados a dos años de prisión y nunca más pudieron jugar de nuevo en la Oberliga.

jueves, 2 de julio de 2009

La bomba del paralelo 38



Por Miguel Bujalance

Cuando Corea del Norte ha amarrado su clasificación para Sudáfrica y su potencial mediático parece exclusivamente dedicado a imágenes de misiles, desfiles con un arsenal de cartón piedra y detenciones periodísticas, es un buen momento para recordar. Si su vecino hermano al sur del paralelo 38 es la referencia futbolística del continente asiático, el país más ignoto del mundo presume con razón de ser la sorpresa más épica de la historia de los Mundiales.

Su papel en Inglaterra'66 fue sencillamente extraordinario. Eran años de radios, de televisión elitista y emotivos desconocimientos. No había parabólicas ni maldinis. Por aquel entonces ningún periodista occidental era capaz de recitar un sólo nombre de la alineación de Corea del Norte. Ahora aquella selección acabaría haciendo un anuncio para Coca-Cola. ¡Bendita incultura futbolística que permitía descubrir a los aficionados magos de nombres impronunciables que llegaban, veían y jugaban!

Semanas antes del campeonato, los hijos del Gran Líder Kim Il Sung quedarían estupefactos por el cálido recibimiento capitalista de Middlesbrough. Venían de un país devastado por la guerra y amputado de esperanzas y territorios con una deriva estalinista que todavía hoy continúa. Su asombro era grande, al igual que su misión: había que defender al comunismo en la patria que vio a Karl Marx idear revoluciones mientras paseaba por el Museo Británico.

En lugar de narrar aquel milagro del colectivismo que supuso su victoria sobre Italia, es mejor ver el magnífico documental británico The game of their lives (2002, ver vídeo arriba) dedicado a la odisea norcoreana en la Copa del Mundo. La derrota azzurra por un 1-0 fue un drama nacional y los aficionados recibieron a su selección a tomatazos en el aeropuerto de Génova. Así se las gastan los italianos.

El milagro estuvo a punto de repetirse y el destino pudo plantar a la selección Chollima en semifinales, pero Eusebio lo evitó. Portugal remontaría los tres goles norcoreanos con una actuación portentosa del delantero del Benfica.

Jugadores como Pak Do Ik, Rim Jung Song o Pak Sung Jin tocaron la gloria para luego ser embutidos por el agujero negro de la historia del país hermético. Inglaterra ganó aquel Mundial gracias al buen hacer de Bobby Charlton y a las ayudas arbitrales, pero, sin duda, el marxista fútbol norcoreano impresionó a Occidente tanto como la toma del Palacio de Invierno.

martes, 23 de junio de 2009

Los amigos de Petr


Por Víctor Enciso
Hoy hace nueve años que murió Petr Dubovsky. Parecen nueve siglos o nueve segundos, porque llevamos una eternidad sin una zurda tímida tan sugerente como la suya y sólo nos hace falta un instante para recordarla.

Reconozco que haber aplaudido in situ su última jugada en el Tartiere tres semanas antes de que su muerte se llevara en cascada tantas cosas imprime memoria. Fue ante la Real Sociedad, una semana después de que un gol suyo en Vallecas salvara matemáticamente al Oviedín de un descenso que aún no hemos remontado.

Se fue del campo entre opiniones divididas, aquella forma de causar debate hasta el último toque. Y es que Dubovsky era un polemista involuntario, uno de esos futbolistas con intermitencias que hacen de este deporte una imperfección bendita.

Había tardes suyas para el arrastre y días que nos duraban una semana. Pero hasta en las primeras se guardaba un pellizco de talento para dejarnos cenar en paz. Siempre nos regaló un pase interior, un regate, un amague, una pared y hasta un disparo de fuerza masiva, lo único que le perdonaban sus críticos. Y los goles, claro, ese precio que tienen que pagar de vez en cuando los genios que andan ocupados en asuntos de más trascendencia.

Petr llegó a Madrid en 1993 de la mano de sus números en el Slovan de Bratislava, máximo goleador del equipo en las dos temporadas anteriores, y de su sitio en la selección checoslovaca, primero, y eslovaca, después, donde empezaban a escribir su nombre cuando los días importantes.

Vino como delantero, pero el fútbol le enseñaría después lugares más interesantes. Le pedían goles, pero él se empeñaba en otras cosas. Recuerdo que en su primer o segundo partido dio un pase de gol a Butragueño sacándose de encima a dos defensas con un taconazo que pasó por entre los pies de uno de ellos. El Madrid jugaba en un tal El Sadar, pero no hubo ira de grada que no enmudeciera por un momento ante lo que acababa de ver.

Un fijo... en la grada

Sin embargo, su etapa madridista fue un desastre. Hay una anécdota, que se repitió bastantes veces, que resume su calvario.

Cada día, cuando terminaba el entrenamiento, Valdano y Cappa se reunían para hablar de cómo habían visto a los jugadores. Los lunes siempre decían que el partido del domingo lo jugarían Dubovsky y 10 más. Les maravillaba su capacidad técnica, el atrevimiento para inventar, los apoyos que creaba, la tendencia al toque y al pase al hueco y su golpeo con la zurda, «el mejor disparo que he visto nunca en un jugador a mis órdenes», como me contó una vez Juanma Lillo.

Cuando terminaba la sesión del martes, Cappa y Valdano apuntaban el nombre de Dubovsky junto a algunos otros para el domingo. Cuando terminaba la del miércoles, coincidían en haber visto a Petr un poco más flojo. Cuando terminaba la del jueves, se rascaban la cabeza ante el bajón del chico. Y cuando terminaba la del viernes, ni lo incluían en la convocatoria. Eso pasaba casi siempre... si el Madrid jugaba en casa.

Y es que Dubovsky nunca pudo con el Bernabéu, ese templo presuntamente entendido de fútbol que ha pitado a Velázquez, Del Bosque, Schuster, Martín Vázquez, Redondo o Guti, por poner algunos ejemplos para el rubor histórico de sus censores.

Al Bernabéu, el mismo que ha aplaudido las hostias de Benito, los cabestrillos de Pirri, las pulmonadas de Chendo, la presión de Raúl, las recuperaciones de Makelele o la demagogia de Ramos, no le pareció eficaz la inconstancia estética de Dubovsky y se lo pasó en grande con las carreras de Amavisca, utilitaristamente alienado todo el año.

Cada toque de Petr era sometido a la sospecha, y eso le desgastó tanto por dentro que decidió cerrar la blancura de Chamartín en dos temporadas.

El equipo de su vida

Y en eso se cruzó el Real Oviedo. Petr se dejó crecer el pelo para cambiar y el permiso para fallar. Y cuanto más permiso tenía, menos fallaba.

Todo lo que pasaba por él crecía alrededor del toque y la inteligencia. O al menos de su intento. Levantaba la cabeza para jugar y la agachaba para recibir aplausos, un colmo de timidez en medio de tantas luces.

En las pocas imágenes que quedan de él, nunca veréis sus asistencias, ni los regates, ni el juego retrasado hacia la media punta, donde nos hizo tan felices. Saldrán los goles. Y hasta de penalti, ese castigo con el que, el gran Bochini (perdón si no era él, pero creo que sí) decía que no se podía ganar un partido.

Pero como Petr también metió goles, a los amantes de lo concreto y lo medible les diremos aquí que el inconstante marcó al Extremadura y al Rayo los tantos que dejaron al Oviedo en Primera. Los demás nos quedamos también con aquella escultura que amasó la noche de la ida de la Promoción contra Las Palmas, uno de los mejores partidos de fútbol de la historia del viejo Tartiere.

Lillo y Vázquez se fiaron de él. Brzic, Tabárez y el otro Luis Aragonés (el del contragolpe y el ruido), no. Peor para ellos. Y para el fútbol.

Dubovsky era un buen tipo. Si te invitaba a comer y no ibas pensaba que había sido culpa suya. Una vez le hice una entrevista que no se publicó y me dijo que le siguiera llamando siempre.

Pues lo hago.

Vuelve un ratín, Petr.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Un comunista en el Brasil más legendario

Por Miguel Bujalance
El general Médici (en la imagen inferior) dirigía Brasil con mano dura en los denominados años de plomo de la dictadura militar. Eran días de paseillos y detenciones de ida y no de vuelta. La tentación perpetua de manipular la pasión pagana de una nación volcada con el fútbol se volvió de nuevo realidad. Siguiendo esta serie dedicada a las intromisiones de regimenes autocráticos en los campos de fútbol, el Brasil dorado vivió un hecho bochornocho. En 1969 la canarinha -que ya tenía dos títulos mundiales- preparaba su asalto al triplete en México con la seguridad que otorga el talento insultante.

El problema era simple: el presidente tenía un capricho. Quería que Darío, delantero del Atlético Mineiro, formara parte de la lista definitiva. Al otro lado de la polémica, el incombustible Joäo Saldanha, seleccionador y comunista. El fútbol y la historia son injustos en muchas ocasiones, cuando un hombre destinado a la gloria es desterrado al olvido por un golpe de mediocridad y envidia. Pero entre la lengua mordaz del seleccionador y las borlas y los tanques de un general es fácil saber quien gana.

La cólera de Médici fue incontenible cuando Saldanha declaró: "el presidente cuida de su ministerio, pero el hombre a cargo aquí soy yo". Horas después, el entrenador era cesado y sustituido por Zagallo. La fuerte personalidad de Saldanha no era flor de un día. Antes se había atrevido a enfrentarse con Pelé, al que acusó en un periódico de miope y de tener la cadera lesionada lo que hacía que su concurso mundialista estuviera en entredicho. Los líos que se han montado en España con Raúl provocarían la risa del bueno de Saldanha después de sus explosivas declaraciones. El ex seleccionador se defendería afirmando: "No soy un burro, ni tonto, ni tampoco optómetra". Lo dicho, un fenómeno.

Finalmente Darío fue al mundial a chupar banquillo. Bien es cierto que no era malo, al año siguiente conquistaría la primera edición del actual campeonato nacional de Brasil. La potencia física de Dario Dadá Maravilla y el ánimo presidencial llevaron al Atlético Mineiro a hacer historia por delante de clubes más distinguidos como el Flamengo, el Santos o el Botafogo. Sería elegido mejor jugador del torneo. Atrás quedaba un mundial en el que el fútbol de Rivelino, Tostäo, Jairzinho y el discutido Pelé se había cachondeado de las potencias europeas. Aquel entrenador se negó a aceptar una imposición cuando sabía que con ese equipo hasta un paquete como yo hubiera sido campeón del mundo. Un homenaje a este chulo genial.

Saldanha fue campeón, aunque viera la final por la tele.

viernes, 15 de mayo de 2009

Streltsov y Yashin: dos destinos opuestos

Por Miguel Bujalance
Un país gigantesco cuyos iconos eran cosmonautas tenía dos estrellas a ras del suelo. Un par de jugadores que concibieron la mejor década del fútbol ruso, pero que tuvieron destinos opuestos. Ambos consiguieron el oro olímpico en Melbourne y lideraban una de las selecciones favoritas para ganar el Mundial 1958.

Bajo los palos se erigía Lev Yashin, considerado el mejor portero del mundo (ganó el Balón de Oro en 1963) y símbolo del deporte soviético. En el ataque percutía el peculiar Eduard Anatolievich Streltsov, un vivalavida genial. La URSS caería ante Suecia en cuartos de final del campeonato con La araña negra defendiendo la portería. Meses antes, gracias al instinto goleador de Streltsov, había derrotado al equipo escandinavo por 6 a 0.

Streltsov era la figura del Torpedo de Moscú. Su imaginación con el balón le valió el apodo de Pelé ruso y tuvo el valor de rechazar ofertas de los poderosos clubes del régimen: tanto del CSKA (equipo del Ejército rojo) como del Dínamo (club guiado por la KGB). El propio Yashin intentó convencerle para que jugara en el Dínamo moscovita con él. Sin éxito. A Streltsov esas presiones le daban igual.

Su lealtad hacia el Torpedo se reconoció décadas después con una estatua junto a su estadio. Aquellos que ahora dicen que Adriano, Ufjalusi o Romario son unos fiesteros es que no conocieron a Strelsov. Alcohólico desde los 17 años, su estilo elegante se desenvolvía felinamente tanto en el área como en las alcobas.

Pocos días antes de la cita mundialista que iba a coronarle con 20 años, Streltsov era apartado de la selección. Una orden directa del Kremlin anulaba su título de Maestro soviético del deporte. No se podía permitir que aquel jugador tan irreverente se encamara con la hija del vicepresidente del Partido Comunista Soviético.

Otras versiones sugieren que su testosterona no llegó a tanto, que simplemente había criticado a esa chica en una fiesta. Daba igual, el Gobierno no iba a desaprovechar esa oportunidad para acabar con aquel jugador carismático de ideales demasiado individualistas. Finalmente, el delantero fue condenado por violación a siete años de cárcel en un campo de trabajo de Siberia.

Streltsov consiguió sobrevivir y regresó a Moscú con 28 años. Retomó su carrera, pero su físico no daba más de sí. Las secuelas del gulag eran evidentes. Murió de cáncer cuando acababa de cumplir 52 años, unos meses antes del colapso de la URSS.

En Rusia al taconazo se le llama streltsov. Ante eso, uno ya puede morirse tranquilo.

martes, 12 de mayo de 2009

La pierna incorrupta de Javi Clemente

Por Paco Calvo
Entonces Javi Clemente dijo: "¡Ah, coño, ¿que quieres verla?!". Levantó la pierna, se subió la pernera del chandal y me la dejó ver. La herida. Una especie de pústula verdusca, como violacea. La herida que le hizo, hace ahora 40 años, Marañón, del Sabadell. Una llaga que Clemente guardó muy dentro de sí, y que tal vez moduló su carácter. ¿Un trasunto de los agravios históricos en el pecho de Euskadi?

La cita fue, hace un año, en un balneario pontevedrés. Clemente ya no entrena al Murcia, pero entonces sí lo hacía. Cogió al equipo en Primera y casi lo baja de Segunda, pero ésa es otra historia. Quedamos en plena pretemporada, en Mondariz. Varias horas de viaje pensando: ¿y si me planta y me jode la entrevista? Pero llegamos al hotel y por allí apareció. "Grrñnn", pronunció a modo de saludo.

Tres gruñidos más y empezó a hablar como las personas. Y afloró el humor, incluso sin zuritos de por medio. Hablamos de reguetón, de gatitos, de Arzalluz, de tiki-taka y de tuku-tuku.

Y salió 1969, y el nombre de Marañón, y la Nova Creu Alta. 19 añitos tenía el prometedor Clemente -¿tocón, como dice la leyenda? "Qué va, es mentira, yo era de pegarme, fuerte". Una lesión que en principio iba para 15 días, y que terminó en tres años de operaciones, y retirada. "¿Rencor hacia Marañón? ¿Yo? Ninguno. La lesión no fue nada, la cuarta o quinta operación fue donde me destrozaron la pierna. ¡Ah, pero coño, ¿quieres verla?!".

Yo, que me desmayo cuando me pinchan, no quería. No quería. Pero cuando me doy cuenta la pantorrilla está allí, como un brazo de gitano ante mí. Y la herida, una especie de llaga como de 10 centímetros. Como necrosada. No exactamente cerrada. Creo que la vi bullir. "Cuando hace mal tiempo todavía me duele. Mira", señala él, "aquí se me astilló el hueso, y en esta parte se condensó en el tejido..." no sé qué líquido que me he esforzado en olvidar.

Terminamos al rato. Nos reímos bastante. Yo de y con él, y él también. Nos despedimos mientras bajan los futbolistas, pero al irnos le hago un gesto al fotógrafo. Javi, ¿te importa que nos hagamos una foto? "Pues claro que no, coño".

Un apretón de manos, y se va cojeando.

Miro al cielo, completamente nublado. Amenaza lluvia.

Clemente empieza a trotar. Ya no cojea.

Ahora corre. Clemente corre sobre su pierna, definitivamente incorrupta.

sábado, 2 de mayo de 2009

Argentinadas: el enigma Carrascosa

Por Miguel Bujalance
Habría levantado aquel 25 de julio la Copa del Mundo en lugar de Passarella en el Monumental de Buenos Aires. Podría haber ocupado el lateral izquierdo la tarde en la que Kempes dinamitó a Holanda o haber formado parte del sospechoso milagro ante Perú. Sin embargo, Jorge Omar Carrascosa, alias El Lobo, capitán de la albiceleste, renunció al equipo nacional desde la capitanía y con 27 años, la edad dorada de un futbolista.

Argentina vivía el apogeo de la dictadura militar. El Mundial de 1978 provoca todavía sentimientos ambivalentes. Por un lado, la emoción de una victoria largamente perseguida. Por otro, un sentimiento de vergüenza gangrenado por aquella pasión forofa que respaldó a una Junta que acumulaba crímenes como razón de Estado.

El día de la final las Madres de Mayo suplicaban a los periodistas holandeses que se hicieran eco de lo que sucedía en el país. Pero el júbilo popular acabó por silenciarlas y Videla entregó la Copa manchando la historia de un país y del fútbol.

Carrascosa era también el capitán de Huracán, equipo que unos años antes había bendecido al balompié argentino con un juego alegre y elegante con la batuta de Menotti. Un campeonato, dos segundos puestos y una semifinal de la Copa Libertadores marcan aquel lustro dorado que comenzó en 1973. Roganti, Chabay, Buglione, Basile, el propio Carrascosa, Brindisi, Russo, Babington, Houseman, Avallay y Larrosa viven seguros en la memoria ciclotímica de los hinchas.

Lo grande de Carrascosa, un hombre digno y respetado, es la leyenda que se ha formado por culpa de una decisión que él definió como "cuestión de estricta conciencia". Hay diferentes teorías al respecto.

Cuentan que quiso dejar paso a otros jugadores, aunque en principio existía un pacto secreto para que la selección la formarán exclusivamente jugadores de la liga argentina. Sin embargo, en la lista definitiva entraron Kempes y Wolf, ambos llegados desde España. Menotti tardó en encontrarle un sustituto.

Su militancia política no estaba definida, pero al contrario que otros jugadores de la selección, desaprobaba el golpe. Unos dicen que era peronista; otros, que pertenecía al Partido Comunista. En el vestuario le dijo a su entrenador: "De ninguna manera voy a ser instrumento de esta dictadura militar".

Muchos años después, Carrascosa declaró que tenía una gran ilusión en jugar ese Mundial tras la experiencia vivida en Alemania 74. "Pero empezaron a ocurrir algunas cosas que me hicieron replantearme todo. Incluso si el fútbol podía ser o no la gran prioridad. Además, acababa de nacer mi segunda hija".

Quizás se cansó de todo, puede que su decisión no tenga dobles lecturas. Nadie lo sabe. Lo cierto es que Carrascosa apostó por su sentir discreto y llegó a la sabia conclusión de que su vida sólo le pertenecía a él.

Un año después de la victoria mundialista, el capitán colgó las botas y se fue tranquilamente a casa. Sólo le faltó citar a Wittgenstein gritando a periodistas y curiosos: de lo que no se puede hablar, mejor es callar.

jueves, 23 de abril de 2009

Argentinadas: las pinturas de guerra de Dubois

Por John Wyatt
Una historia así sólo podría acontecer en Argentina. Su particular forma de entender la vida y el fútbol hace brotar de la hierba anécdotas inverosímiles, visceralidades incomprensibles, teatralidad demagógica y personajes irrepetibles en las canchas de juego. Uno de los más extremos, uno de esos casos que uno se llevaría a una isla desierta, es el de Darío Dubois, un central con el pelo largo, no demasiado alto, ni demasiado fuerte, ni demasiado rápido, pero tan grillado como para maquillarse la cara al estilo Kiss (aquel grupo metalero de payasos oscuros y guitarras con forma de rayo) y encima presumir de ello. Si alguien le preguntaba cómo se definía, él lo tenía claro: “Soy un laburante del fútbol".

El zaguero central, un trotamundos que peregrinó por los equipos Yupanqui, Lugano, Ferro Carril Midland, Deportivo Laferrere, Deportivo Riestra, Cañuelas, Deportivo Paraguayo y Victoriano Arenas, entre otros, encontró la muerte joven, como muchos de sus héroes rockeros. A los 37 años de edad (ahora se cumple un año de su fallecimiento) dos tipos le dispararon varios tiros a la salida de una sala de conciertos de la localidad de Isidro Casanova, donde el fulano sobrevivía haciendo horas como técnico de sonido y montador de conciertos. La Policía no se pone de acuerdo sobre las razones del ataque. Como no tenía un duro, la teoría del robo se diluye y gana fuerza la más que probable venganza de un marido cornudo.

Nunca jugó en un grande. Lo suyo eran los conjuntos que viven al filo, esos que suben y bajan año tras año, los llamados equipos ascensor. Se sabía un jugador del montón, por eso quiso destacar, llamar la atención de los rivales, meterles miedo. Un día de clásico entre el Midland y Argentino de Merlo se le ocurrió, escuchando a Kiss, una de sus bandas favoritas, pintarse la cara como su cantante. Un periodista le preguntó al final del partido qué opinaban sus compañeros de eso de maquillarse: “Ellos lo toman con humor. En cambio, los rivales me deliran a dos manos. Algunos hasta se asustan. A mi me da polenta. Te pintás, salís para guerrear y los matás a los rivales”. Como el partido lo ganaron, le cogió gusto y repitió varias semanas hasta que se lo prohibieron.

Se trata de una argentinada, sí, pero de las gordas. El tipo, en su locura, no era ningún impostor. Como los equipos para los que jugaba estaban tiesos y no siempre cobraba, el se tapaba la publicidad de la camiseta con cinta negra hasta que no veía la guita. Y hay que reconocer que daba titulares. Esta entrevista la publicó en el Diario Olé de Buenos Aires:

-¿No te gusta el fútbol?
-No me gusta jugar. Lo hago porque es muy competitivo y me entreno mucho. No como carne roja, no fumo, no tomo alcohol ni drogas. Nunca lo hice. Además, la poca plata que gano me ayuda. Mi posición económica es desastrosa.
-¿Y cuando dejes de jugar?
-Me gusta el golf, pero no tengo filo (se ríe). Vivo mi presente de músico (tiene una banda y toca en pubs) y futbolista. Si mañana tengo que trabajar de gay en un puterío, lo voy a hacer.
-¿Sos homosexual?
-Está abierto a que todos piensen lo que quieran. Yo sé muy bien lo que hago con mi cuerpo.
-¿Cómo te definirías?
-Un payaso que se pinta la cara, pero que se mata por la camiseta.

En su trayectoria, jalonada de anécdotas, destaca una: jugando en Belgrano contra Excursionistas el árbitro, que ya había expulsado a dos compañeros, le enseñó la segunda amarilla. Cuando echó mano al bolsillo y sacó la tarjeta, se le cayó un billete de 500 pesos. Dubois, creyéndose estafado por un colegiado que los estaba machacando, pensó que ese dinero había servido para comprar al de negro. Se agachó, cogió el billete y echó a correr. El árbitro, torpe y panzón, salió detrás de él. Al final tuvo mala conciencia y le devolvió la plata.

miércoles, 22 de abril de 2009

Sindelar y el regate a Hitler

Por Miguel Bujalance

Una secuencia que parece sacada de El tercer hombre. Viena, 29 de enero de 1939. Horas antes se habían encontrado los cuerpos sin vida de Camila Costagnola y Mathias Sindelar, la estrella del fútbol austriaco, en su apartamento. Antecedentes: La oposición al Anschluss -la anexión al Tercer Reich- y el desplante que el jugador infringió a los alemanes, al negarse a participar en el Mundial de 1938 con una selección conjunta, le habían granjeado muchos enemigos. ¿Suicidio o asesinato? Nadie lo sabe con certeza, porque los informes de la investigación se perderían durante la guerra, aunque la primera opción resulta la más probable.

En la escena, el alcalde de Viena y Gobrig, íntimo amigo del jugador, discuten sobre la necesidad de hacer un funeral de Estado al mejor futbolista del país. El alcalde se muestra temeroso, es consciente que el nuevo régimen niega la concesión de tal honor a los suicidas y a las víctimas de un crimen. Finalmente interviene el inspector de distrito, nazi convencido y a la vez admirador del hombre conocido como el Mozart del fútbol. Se compromete a cambiar el informe y certificar que la muerte se ha producido por intoxicación de monóxido de carbono debido a la mala combustión de la estufa.


El pacto se sella con un apretón de manos. Un día después, pese al miedo popular, 20.000 personas despiden en procesión el féretro de Mathias Sindelar. Ninguno de los asistentes sabe que en un informe de la Gestapo, el delantero aparece como "sujeto peligroso, de origen checo y ascendencia judía, además de simpatizante de la socialdemocracia". Sindelar logró en su carrera más de 600 goles con el Austria de Viena y lideró al Wunderteam (equipo maravilla) en el mundial de 1934, en el que serían derrotados por Italia en una polémica semifinal.

Su carisma social y la elegancia del juego que practicaba convirtieron al vienés en una de las primeras estrellas que ejerció como tal. Sus juergas eran famosas y su amor por un país que se evaporaba le hizo regatear al propio Hitler en un partido propagandístico. El nazismo preparaba su asalto al Mundial de 1938 tras su desastroso papel en los Juegos de Berlín. Sin embargo, Sindelar no perdonaría jamás el fin del Wunderteam y participó con Austria en un encuentro que debía demostrar que Alemania era un equipo superior. Tenía 35 años y su estado físico era lamentable.


Cuentan las crónicas que en el primer tiempo, Austria pudo golear y que Sindelar falló varias ocasiones claras. El partido se suponía amañado, pero Sindelar quería despedirse a su manera. En la segunda mitad, todo cambió. Sus regates ridiculizaron a la defensa germana e incluso se atrevió a marcar de vaselina. Pero su sentencia futbolística estaba sellada, cuando Austria marcó el segundo gol. Instantes después, Sindelar y un compañero comenzaron a bailar de alegría delante del palco de autoridades. Desde entonces, los halagos y los incentivos para jugar con Alemania se trasformaron en presiones, pero el hombre de papel, aquel ligero como el viento, no cedió.

sábado, 18 de abril de 2009

Mi padre desvirgó el Nou Camp

Por Lola Dirceu
Muchos, muchos años antes de que Alkorta enterrara su cadera en el Nou Camp por culpa de la cola de vaca de un tal Romario (¿recuerdan aquel 5-0 del año 1994?), un paraguayo convertía a los defensas en berbiquís humanos, centrifugados sobre su propio eje. Su borceguí libaba el cuero, lo adhería a los cordones y, de espaldas, meneaba 180 grados sus hombros y trazaba un semicírculo imaginario antes de salir zumbando: coxis, ilión y sacro de los centrales a hacer puñetas.

A aquel lance se le acuñó el tornillo, aunque nadie pueda colgar un video en YouTube con jugada tan primorosa y original. Una pena que la era digital no homenajee a su autor, Eulogio Martínez. Los foros globales no hablan de la innovación de Cokito, uno de sus apodos, sino de la virguería de Romario el revientapistas. ¿Qué comentarista deportivo hace una mera gracieta, un símil, un recuerdo para el Abrelatas en sus retransmisiones? Menudo bárbaro un tipo que le metió siete goles al Atletico en la temporada 56-57... ¡y le anularon otros dos en el mismo partido!

Pues esta bestia venida de Asunción, además, desvirgó las redes del Nou Camp. Fue el inmigrante que antes que nadie cortejó a esa portería catalana, mocita burguesa y de infinita línea de fondo, y no tardó en penetrar entre sus travesaños toda la rabia guaraní. ¿Conocen estos detalles algunos fachillas boixos que se ponían tras esa portería?

Profesor con sobrepeso

En verdad fue una mágica tarde nupcial aquel coito del 24 de septiembre de 1957. A las cinco y dieceseis minutos consumaba el matrimonio con su chicharro, anotado a una selección de Varsovia venida de comparsa. Del tirón, se inmortalizaba en los anales del barcelonismo. Dicen que a Cokito le dio tanta alegría mojar, que se quedó colgado de las mallas, agitándolas en éxtasis, como esas madres que enseñaban las sábanas ensangrentadas del tálamo poco después de que su yerno hubiese desflorado a la hija. Así la honra quedaba demostrada ante el vecindario.

Siete temporadas estuvo en el Barça, dos en el Elche, una en el Atleti y otra en el desaparecido Europa. Vistió la camiseta de la selección de Paraguay y le dio tiempo a defender los colores de la España ¡¡del águila en el pecho!! en el Mundial de Chile 1962. Se retiró en el Calella, un modesto club en los sótanos de la Tercera catalana. Luego quiso montar un hotel y le hicieron la pirula con la pasta; fue un profesor de gimnasia con sobrepeso; trató, sin suerte, de meterse a intermediario de futbolistas, y acabó, gracias al presidente del Calella, regentando un bar, tras mil gambeteos económicos.

Su suerte se terminó de apagar en octubre de 1984. Tuvo un accidente de tráfico en el arcén de la autopista A-7 a la altura del km 204. Pinchó, y al tratar de cambiar la rueda, otro automóvil le arrolló. Pasó dos semanas en coma. Le enterraron multitudinariamente en Montjuic y allí reposa su osamenta de crack.

Uno de sus hijos, Julio César, bendito currante del vending de las máquinas de los bares, mantiene vivo el recuerdo paterno como vicepresidente del fútbol base de la penya calellense y alentador del Memorial Eulogio Martínez en el campo de La Muntanyeta. "El mejor amigo de mi padre fue Gustavo Biosca", me comentaba hace tiempo. Sí, Biosca, desgraciadamente más conocido por su romance con Lola Flores que por ser uno de los mejores centrales culés de la historia.

Si este año los jugadores del Barça ganan la Copa de Europa, que se besen, que den el morro como en aquella fiesta etílica ya hicieran Koeman y Stoitchkov tras el orgasmo de Wembley 92.

Pero los besos culés, en honor de Eulogio Martínez, mejor de tornillo que de vaca, por favor.

martes, 14 de abril de 2009

La batalla de Inglaterra: nazis en el Londres judío

Por Miguel Bujalance
El estadio del Tottenham Hotspur no sólo representaba a un club de gran solera en el fútbol británico, sino que además era el corpus deportivo de la comunidad judía. Fundado por estudiantes hebreos en 1882, los Spurs que deslumbrarían en los 60 con el passing game eran el escudo antisemita de un colectivo que vivía marginado en el deporte británico. La afrenta era mayor si se tiene en cuenta que tres meses antes del partido, el régimen nazi aprobaba en Nuremberg sus leyes raciales. Este enfrentamiento se puede considerar como uno de los primeros catalogados oficialmente como de alto riesgo.

La popularidad de Hitler en un pequeño reducto de la sociedad había desarrollado un notable germen fascista -que fue eliminado al inicio de la II Guerra Mundial- en Gran Bretaña. El gobierno puso todos los medios policiales necesarios para evitar manifestaciones filonazis. Por allí andaría Oswald Mosley, lider del fascismo inglés (no consta que aprobara desde el cementerio el vídeo a lo Leni Riefenstahl que realizó el año pasado su hijo Max, boss de la Fórmula 1, con varias prostitutas de fustas intermitentes), pero finalmente el encuentro se desarrolló sin incidentes con una clara victora local por 3 a 0.

Estadistas y diplomáticos humillarían de nuevo a su brillante selección tres años más tarde. Ante el miedo al rearme alemán, la anexión de Austria y la tensión en los Sudetes, se decidió jugar un partido de revancha en Berlín. Los ingleses fueron obligados a hacer el saludo nazi antes del pitido inical. El espíritu indecoroso de White Hart Lane ante un régimen que había desarbolado a una brillante generación de jugadores y periodistas deportivos de origen judío se reforzaba. Puede decirse que la guerra realmente se inició el 14 de mayo de 1938 ante más de 100.000 espectadores en el estadio olímpico.

Liderada por el gran Stanley Mathews, Inglaterra le metió seis goles a Alemania. La batalla de Inglaterra había comenzado. Por cierto, Mathews se alistaría un año después en la RAF, la fuerza aérea que dentendría la invasión alemana. Sesenta años despues, la cicatriz volvía a arder cuando durante un partido el portero australiano Mark Bosnich (Aston Villa), polémico por su verborrea de extrema derecha, saludó a los hinchas del Tottenham con la palma hitleriana.

Boban: la patada que incendió los Balcanes

martes, 7 de abril de 2009

Sólo puede quedar uno, y es Rodrigo

Por Paco Calvo
Si sólo puede quedar uno, ése es Rodrigo García Vizoso, el Christopher Lambert de esta historia. No es inmortal, pero acaba de cumplir 100 años. Descubrió a Luis Suárez. Entrenó a Arsenio, y por defenderle le echaron del Depor. Cena todos los días "un chorizo y una manzana". Pero la noticia es otra: bajo esa apariencia de Pepe Isbert galaico, tras ese rostro arrugado como una pasa, Rodrigo es el único tatarabuelo de la Liga.

La única persona viva que jugó el primer campeonato, en 1928. De portero. En el Dépor. Ahora están Messi, Casillas y demás. De los Messis de entonces, los del balón de correa y las casacas de atar, sólo queda uno: Rodrigo.

No se aleja de su bastón ni a tiros. No deja que le hagan las faenas del hogar: "Lo hago yo". No lleva móvil. Pero si llamas al Restaurante Los Ángeles (981 211 419), en el coruñés paseo de Orillamar, seguro que lo pescas. Pregunta allí por Manolete, un amigo suyo que también jugó en el Deportivo, y que preside el modesto Orillamar S.D. Manolete es algo así como el jefe de prensa de Rodrigo, un simpático vejete muy conocido en Coruña.

Su madre era cigarrera, su padre carpintero. Él empezó a trabajar de cerrajero. Eso fue al terminar la Primera Guerra Mundial. Hasta que a los 18 años entró en el Dépor, de portero suplente. Los campos eran barrizales, la correa del balón casi una navaja, pero Rodrigo no se arredraba. 76 paradas le llegó a hacer al Real Madrid en la final de la Copa de España de 1932, juran las crónicas. Quizás por eso le fichó el Madrid dos años después, para suplente del mítico Ricardo Zamora. Y de ahí al Granada, y...

Y la Guerra: 34 meses en el frente. Después, entre la miseria, se empleó en una fábrica de armas, y acabó convirtiendo el equipo de la fábrica en el Deportivo Juvenil. Años después entrenó al Dépor en Primera, guerreó por Arsenio, se topó con Luis Suárez y bla, bla, bla...

¿Es el fútbol actual el mismo deporte al que jugó este carcamal de la imagen? Pero es que... ¿es la vida la misma que vivió Rodrigo García Vizoso? Él, por si acaso, sigue sin subir ni bajar la escalera.

lunes, 30 de marzo de 2009

Good bye Lenin, good bye Dresde

Por John Wyatt
Todos los alemanes descorcharon champán la noche del jueves 9 de noviembre de 1989, los del Este y los del Oeste. En Dresde, una de las ciudades más castigadas por las bombas de la Segunda Guerra Mundial, las televisiones estuvieron encendidas hasta el amanecer. En las pantallas, miles de berlineses tomaban al asalto el muro, símbolo de la división entre Oriente y Occidente, entre el capitalismo y el comunismo, entre la libertad y el estado policial.

Uno de aquellos ‘ossies’ (alemanes del Este) que celebraba la soñada unificación pegado a la tele era Jörg Stübner (en la imagen), capitán del entonces poderoso Dinamo Dresden, el mejor conjunto del otro lado del muro. Apodado ‘la aspiradora’ por su facilidad para barrer todos los balones que pasaban a su alrededor, era el líder del campeón de la DDR-Oberliga, semifinalista de la copa de la UEFA de aquel año y una de las personas más esperanzadas en que el nuevo proceso reunificador significara de verdad un salto en su carrera como futbolista.

Por desgracia, sólo tuvo que esperar unas semanas para darse cuenta, igual que sus compatriotas, de que las cosas no iban a ser tan fáciles. La euforia de 1990 mutó en decepción. La caída del muro de Berlín supuso un trauma para los prósperos alemanes del Oeste. Su economía, una locomotora, tuvo que ralentizarse para arrastrar los pesados vagones de la República Democrática Alemana. El frenazo, que obligó al nuevo país a reinventarse, se prolongó durante una década.

Para los del bloque soviético fue aún peor. Aquellos ciudadanos del Este, vestidos con los trajes grises a la moda del Pacto de Varsovia, sin capacidad alguna de inversión y sin la formación necesaria para competir de igual a igual con sus hermanos del Oeste, pasaron a engrosar las listas del paro sin un Estado socialista detrás que protegiera sus empleos.

Los equipos de fútbol del Este no fueron una excepción. Los Hansa Rostock, Alba de Berlín o Dínamo Dresden pasaron de ser conjuntos respetados en Europa a convertirse en segundones de una nueva Bundesliga donde dominaban los poderosos capitalistas del Oeste. El hooliganismo con tufillo neonazi afloró en unas aficiones cuyos componentes eran adolescentes desempleados y frustrados por el ninguneo de sus vecinos occidentales.

Como denuncia Karsten Blaas en su artículo ‘Rising in the East’ (del fancine ‘When saturday comes’), a la hora de fundir los dos campeonatos sólo se permitió que dos equipos del Este formaran parte de la primera división, otros seis pasaron a segunda y el resto tuvieron que conformarse con medirse a los filiales de los grandes en tercera.

Los pocos que sobrevivieron a esa catástrofe fueron mermados a golpe de talonario por sus hermanos ricos. Jugadores como Matias Sammer, el goleador Ulf Kirsten (del propio Dinamo) o Steffen Freund cambiaron la pobreza de Postdam, Pomerania o Prusia por la opulencia del Colonia, el impronunciable Borussia Moenchengladbach, el potentado Leverkusen o el depredador de estrellas Bayern de Múnich.

La parte más amarga de la historia la protagonizó el Dinamo Dresden. Después de ganar dos campeonatos seguidos en el Este, tuvo que adaptarse a las nuevas circunstancias que imponía la Bundesliga. En 1991, el club pasó de la propiedad estatal a manos de Rolf-Jürgen Otto, una suerte de Jesús Gil teutón con el mayor récord de procesos penales en su contra de toda Alemania. Ni los prisioneros nazis de Nüremberg acumulaban tantos cargos en su contra por corrupción y actividades criminales.

Después de cuatro años de ilegalidades, Otto acabó en la cárcel por no pagar impuestos y el club, a la deriva, fue descendido a tercera división, categoría en la que sobrevive en la actualidad pese a contar con un estadio y una afición de primera.

Su gran capitán, el disciplinado Jörg Stübner, representa la mejor metáfora de la gloria y la decadencia del Dinamo, el mejor equipo de la época. Su currículum, lleno de triunfos, no le sirvió para jugar en un conjunto del Oeste debido a su edad. Su fútbol representaba el viejo orden en un momento en el que se demandaba más fuerza y velocidad.

La depresión se apoderó de él y, poco a poco, fue convirtiéndose en un alcohólico. Como George Best, gastó mucho dinero en copas y mujeres y el resto lo malgastó. Como Paul Gascoigne, intentó suicidarse sin éxito y como Maradona, tuvo su segunda oportunidad en forma de partido homenaje a Ulf Kirsten: fue en el último encuentro disputado en su viejo estadio de Dresde en 2003. Y suyo fue el último gol de aquella cita.

Hoy, con una cancha renovada (en la imagen), el Dinamo Dresden busca los puestos de ascenso la segunda alemana.